dilluns, 19 de juny de 2006

Velocitat

- El ferrocarril llegó aquí a mediados del siglo XIX y supuso un cambio enorme, un cambio que ahora no podemos ni imaginar. Daros cuenta de que lo único que se conocía entonces era el caballo, todos los viajes y todos los transportes se hacían a caballo. Pues bien, están todos con su cuadrúpedo en casa cuando, de pronto, va y hace su aparición un artefacto que alcanza los cien kilómetros por hora. A la gente le daba miedo, y había muchísimos que no se atrevían a montar y a viajar en él. Y los que lo hacían, es decir, los que poseían el suficiente coraje y eran tan temerarios como para montarse en el tren, se lo pasaban muy mal. En primer lugar, se mareaban todos. En segundo lugar, miraban por la ventanilla y no veían el paisaje, o lo veían completamente borroso, como en las fotografías que salen movidas.
- ¿En serio? ¡No es posible! –exclamé.
- Sí, sí; claro que es posible –confirmó mi amigo-. Tenemos que tener en cuenta que nuestros ojos comienzan a acostumbrarse a la velocidad desde el mismo instante en que se abren. Pero en aquella época no sucedía lo mismo. No al menos en lo que se refiere a la primera generación que conoció el tren. Sus ojos no debían de estar adaptados.
“Obabakoak”
Bernardo Atxaga